El héroe del mundial de Inglaterra fue un perro. No, no es broma. La Copa Jules Rimet fue robada y fue el can Pickles quien la encontró entre unos arbustos, en un barrio del sur de Londres. En lo futbolístico fue un Mundial triste, en el que los árbitros permitieron el juego duro para impedir que Brasil se alzara con su tercer título consecutivo y en el que la sensación era que Inglaterra tenía que ganar el Mundial sí o sí. Una especie de homenaje al país que había fundado el fútbol. A Pelé le volvieron a coser a patadas y, por supuesto, le volvieron a lesionar.
Cómo sería que Edson Arantes do Nascimento –o sea, Pelé- juró que nunca volvería a un Mundial. En cuanto a los favores arbitrales a Inglaterra, el escándalo se produjo en la final. Se enfrentaban Inglaterra y Alemania, que cerraron el partido con empate a dos. En la prórroga, el árbitro concedió un gol fantasma de Geoff Hurst que no fue y los anfitriones acabaron venciendo 4-2. En todo caso, no se debe menospreciar lo conseguido por los ingleses, que contaban con jugadores de gran calibre en su selección: el propio Hurst (hat-trick en la final) y, sobre todo, los dos Bobbys: Moore y Charlton.
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